Caminando por el centro comercial de mi ciudad natal, me di cuenta de que finalmente casi nada de lo que te ofrecen vale la pena. No puedo creer que un pueblucho en vías de desarrollo no posea tiendas de libros con textos de pancho mouat, que estampar una polera blanca sea más barato que una de color (lo que demuestra racismo), que un cono de helados de un sabor te cueste mil pesos y que la PDI en conjunto con carabineros y los guardias hagan planes secretos a vista y paciencia de la gente decente como yo, que pretende averiguar que chucha pasa.
Antes de entrar a estas grandes sucursales de productos y vendedores sonrientes, tu organismo te avisa que algo no va bien. Se alerta mediante dolores de guata, mareos y locura muy violenta, pero por lo general uno no lo toma en cuenta e ingresa feliz de la vida a buscar como satisfacer su ego.
Lo primero que te muestran en la entrada es gentileza, a veces te abren la puerta, pero dura menos que un Candy, porque las olas de gente saliendo o entrando apenas te dejan respirar. No, mentira. La gente no te abre la puerta y nunca hay muchas personas en la entrada, ellas se ubican en las escaleras mecánicas. Putas escaleras, si no te violan ahí, te roban.
Soy partidario de las escaleras antiguas, esas que cuesta subirlas, pero te da una satisfacción tremenda llegar hasta lo más alto, independiente si quieres llegar a ese piso. Mientras subo, enumero las parejas de jóvenes en actos que atentan a la moral y la ética correcta de un neo nazi común y silvestre. Una, dos, tres, cuatro…. ¡Dios! ¡Qué mierda están haciendo ellos!
Al llegar a la cumbre (también conocida como patio de comidas), vez cerdos riendo con un vaso de Pepsi cola en un ambiente alemán. Además, todos notamos que en un mensaje subliminal, las chicas que te atienden se disfrazan de monjas para parecer buena onda.
Bajando por la escalera robótica hay un montón de sillones. Así que empiezo a contar otra vez cuantos degenerados procrean para el crecimiento vegetativo nacional. ¿Ellos no piensan en el PIB? (es necesario comentar que uno de los guarda parques forestales canadienses que cuida pasillos se joteaba en mala a una colegiala)
Caminando y con olor a frito, busqué un lugar para poder ingerir alimento, como estaba que llovía afuera (en la vida real) me compré un helado. Cuando fui a pagar mi cono ultra simple, sin agregados, ni juguetes, ni cachivache alguno, me dice la joven señorita que atendía: “son mil pesos por favor”. Nunca en mi vida, sentí que mis ojos se hicieran tan grandes. Entre mano de guagua y pobre que soy, mi guata reclamaba justicia, así que me comí el barquillo entre enojado y preocupado por mi futuro financiero.
Como buen hombre, en mi calidad de vacacionista, llevé mi cámara de fotos para encontrar algo bacán que fotografiar (Sí, soy un huevón que pensó que algo super iba a pasar en un mal). Fue cuando una camioneta de la policía de investigaciones se estacionó frente a la entrada (una de las entradas), y se bajaron 3 sujetos con cara de rudos y anteojos negros. Rápidamente giro mi cabeza, encontrando a dos señores cara de vineros hablando con un guardia. Él, me señaló y pensé por un segundo que yo era el hombre a quién buscaban, pero resultó que solo estaban señalando a otro de los que mantiene el orden y paz en el país.
Coordinadamente, todos los personajes encargados de entregar seguridad a la ciudadanía, salieron por distintos lados, pero el punto de encuentro era bastante evidente, la bodega. Al no tener yo acceso, dije: “entonces ¿qué hueá hago acá?” y me fui indignado por no tener ninguna evidencia ni noticia que venderle a los medios amarillistas de los ángeles.
No creo que las cosas sucedan de la nada, cada cual tiene que buscarlas, pero para entretener una tarde, o matar el tiempo, no es necesario ir a estos centros recreacionales-consumistas. Las plazas ahora están vacías, pues los flaiterS de hoy en día van en auto con canciones sexuales a todo chancho, o están comprando ropa en su mall más cercano.
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